martes, 7 de julio de 2009

FRANCISCO PALAU Y EL CARMELO por Pilar MUNILL, CM.



Cerámica del Patio interior del Convento del Carmen (Trigueros - Huelva)

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Al hablar de Francisco Palau y su relación con el Carmelo no podemos prescindir de unos datos históricos y biográficos fundamentales, pues sin ellos no es posible una comprensión de sus actitudes, proyectos, fracasos y éxitos que enlazan con su trayectoria espiritual como carmelita. Es esta trayectoria la que constituye el eje de su vivencia, y la que transmite a los que con él se relacionan.

1. SU VOCACIÓN AL CARMELO TERESIANO







Si revisamos su biografía vemos que en sus primeros años, en apariencia, todo transcurría con normalidad pero Francisco Palau no se sentía satisfecho, seguía buscando la concreción de su ideal. Sabía que su vida cristiana se centraba en el amor a Dios y al prójimo. Llevaba tan esculpido en su ánimo el precepto supremo, que a él se reduce siempre el programa global de su vida. Necesita, una cosa, la traducción práctica, concreta, personal de su contenido. Las categorías de Dios y el prójimo necesitan para él una encarnación viva, por eso seguía buscando su Cosa Amada, la Iglesia. Su gran preocupación era reconocerla, descubrirla. Tiene que encontrar su lugar, su rumbo concreto, la forma definitiva en que debe realizar su proyecto de vida. En un primer momento pensó que su llamada era al sacerdocio y encaminó sus pasos al Seminario diocesano de Lérida (1828-1832). Pero parece que en la llamada al sacerdocio no encuentra la respuesta, por los motivos que fuera, no los podemos señalar porque no quedan suficientemente identificados, cortó su carrera para integrarse en el noviciado de los Carmelitas Descalzos en Barcelona (1832). En su itinerario espiritual se describe así su experiencia: “Dios al criar mi corazón, sopló en él, y su soplo fue una ley que le impuso, y esa ley me dice: amarás [...] Mi corazón desarrolló su pasión ya desde niño [...] Yo no tenía de ti la más remota noticia [...] Pasé mi niñez [...] Mi juventud se pasó como una sombra sin conocerte [...] Y fui al claustro por si acaso allí te encontrara”(MRel 966-967,13).
Cuando realiza su consagración, el horizonte de la vida religiosa aparece ensombrecido por densos nubarrones. Lo sabe y conoce las consecuencias que le pueden traer el paso que va a dar, pero nada ni nadie puede impedirle una respuesta radical al compromiso adquirido: “cuando hice mi profesión religiosa la revolución tenía ya en su mano la tea incendiaria para abrasar todos los establecimientos religiosos [...] No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía [...] me comprometí, sin embargo, a votos solemnes a un estado, cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independientes de todo humano acontecimiento”(VS 242,10).
Cuando llegó la hora de la verdad, cuando la revolución incendió su convento (25 de julio 1835), no llevaba apenas tres años completos en él, es arrojado del mismo violentamente. Todos pensaban que la brusca interrupción de la vida claustral sería pasajera, pero no fue así y decide conformarse a su suerte “me conformé –afirma- lo mejor que pude con las reglas de mi profesión religiosa”(VS 243,12) pues estaba convencido que: “para vivir en el Carmen sólo necesitaba de una cosa que es la vocación”(VS 242,10).
Esta situación política culmina, por entonces, con un decreto en el que se prohibe a los religiosos volver a sus conventos y vestir en público el hábito religioso, a pesar de ello se prepara para la ordenación sacerdotal que tiene lugar en Barbastro (1836). Ahora es sacerdote y religioso expulsado del claustro. A partir de este momento, vive una nueva situación, la de exclaustrado, que marcará la hora de la fidelidad a sus convicciones. Francisco Palau vivirá como carmelita fuera del convento. Con lo asimilado en su corta etapa de formación carmelitana irá alumbrando su caminar y su respuesta personal al don recibido.

2. EMPAPADO DE LA ESPIRITUALIDAD CARMELITANA

Teniendo en cuenta su biografía podemos afirmar que fue fiel a su vocación carmelitana o mejor dicho que la espiritualidad carmelitana, experiencia que asumió en los primeros años vividos en el Carmelo, crecía en su corazón e inspiró su vida y su obra.


Entronque con el origen: El Profeta Elías
Un elemento a tener en cuenta es la importancia que tiene para él la figura de Elías. Tiene conciencia clara de su herencia profética, inspirándose en la tradición carmelitana. La influencia se nota en su vida y en sus escritos. En su primera obra La lucha del alma con Dios, partiendo del texto de Santiago, que coloca como modelo al profeta y que dice lo siguiente: “rogad los unos por los otros para que seáis salvos. Elías era un hombre sujeto, como nosotros, a todas las miserias de la vida y, sin embargo, habiendo rogado a Dios con gran fervor que no lloviese, dejó de llover [...] y habiendo rogado de nuevo, el cielo dio lluvias y la tierra produjo su fruto” (St 5,16-18). Francisco Palau lo utiliza para animar a orar con insistencia y toma como modelo de oración al profeta; pero, sobre todo, encontramos ecos de esta experiencia en Mis Relaciones, las Cartas y El ermitaño. Para Francisco Palau, Elías es punto de referencia, tanto cuando se retira en las cuevas o en el monte para vivir su soledad y expresar su vocación contemplativa, como el profeta tiene su Horeb, El Vedrá, lugar privilegiado para encontrarse con su Amada, la Iglesia “Como carmelita como hijo de Santa Teresa no puedo menos que besar estas llaves que me tiene encerrado dentro de estos muros de aguas mediterráneas [...] Aquí tengo más de lo que pedía en mis dorados ensueños cuando joven, sobre vida contemplativa soñaba. Aquí tengo mi celda, mi cielo; aquí puedo con todas mis fuerzas emplearme como buen sacerdote con Dios Padre los asuntos y los intereses de Jesucristo y su Iglesia (Cta. 28 noviembre 1859; 6); del mismo modo es punto de referencia cuando habla de misión. Comenta así, en una de sus cartas: ”Sobre tres artículos voy a fijar tu misión: –le dice la Iglesia- [...] 1º La revelación de mis glorias al mundo 2º la restauración de la orden del gran profeta Elías 3º la misión de este gran profeta en la tierra (MRel 819,29).
Cuando está de lleno en la misión del exorcistado y ya en su mente ronda la reforma de la Orden del Carmen, encontramos lo siguiente: “Yo soy el ángel de quien habla el capítulo XX del Apocalipsis; a mí me está confiada la custodia del pendón del Carmelo y la dirección de los hijos de esta orden [...] Vengo a ti enviado para instruirte sobre el porvenir de la Orden a la que perteneces para que sepas la misión que has de cumplir y su forma.[...] Elías, profeta grande, y los hijos de la Orden sois, y en adelante seréis mi dedo y el dedo de Dios y mi brazo en las batallas contra los demonios [...] Dios me ha enviado a ti que vives en los desiertos, atento a mi voz para instruirte acerca y sobre la materia y objeto del exorcistado” (Cta. Vedrá, agosto 1866,3.6). Como dato curioso, en este texto, relaciona la misión del exorcistado con la Orden del Carmen, será: ¿Por qué ve en la imagen del profeta que vela por la gloria de Dios el modelo de la lucha contra el mal?
Elías, también, es un santo de referencia a quien imitar. En una carta que escribe a Juana Gracias, desde el Montsant, le invita a contemplar la figura del profeta: (Cta. 15 julio 1851,7). En Elías ve la unidad de quien contempla al Señor en el monte y se vuelve celoso de su gloria: experiencia de Dios fecunda.
Como vemos, poco importa que los hechos históricos le hayan cambiado su suerte, él se sigue sintiendo hijo del gran profeta Elías y de Teresa de Jesús.

Resonancias teresianas


-Santa Teresa de Gregorio Fernández-

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La resonancia, sabemos que no es algo que llega a nosotros de forma periférica, sino que es algo que penetra y se convierte en vida en el interior. La obra de Francisco Palau rezuma espíritu teresiano unas veces, implícito, otras veces, explícito.
Veamos algunos datos como referencia: en el libro de Mis Relaciones, cuando nos relata las apariciones, visiones, revelaciones y locuciones con la Iglesia como formas del trato amoroso que tiene con ella, muchas veces, nos dan la sensación que estamos leyendo páginas teresianas.

La Santa comentando la sexta morada se expresa así: “Está tan esculpida en el alma aquella vista que todo su deseo es tonarla a gozar” (M 6,1,1). Él lo expresa así: “Volvamos a la hija de Dios, la Iglesia. Las demás apariciones me dejaron con ardentísimos deseos de ver sus ojos abiertos y de que me mirara. [...] me miró ¡Ay que dulce fuera la muerte entonces! [...] Así, se fue y me quedé yo loco de amor y de afección” (MRel 727,3). El tema de “la mirada” expresado en el texto anterior, lo utiliza para expresar las relaciones con su Amada, la Iglesia. Para él “creer en la Iglesia es verla” (MRel 770,9) con los ojos de la fe. Sabemos que “la mirada”es un tema fundamental en la experiencia teresiana.
También, encontramos resonancias en los símiles que utiliza, Podemos señalar, entre otros, los de la cera y del espejo para figurar a la Iglesia, tiene una clara resonancia en la tradición espiritual, significa la unión y transformación del alma en Dios o en Cristo en consonancia con el término concreto de su amor: “Si la cera no pone impedimento, si está limpia, viene el fabricante, imprime la figura de una mujer,-la Iglesia- y aquella figura y la cera son una misma cosa”(MRel 913-914,9-10). En las quintas moradas, Teresa de Jesús se expresa así: “como el alma ya se entrega en sus manos y el gran amor la tiene tan rendida que no sabe ni quiere más que haga Dios lo que quisiere de ella [...] quiere que salga sellada con su sello; pues el alma allí no hace más que la cera cuando imprime otro el sello” (M 5, 2,12).
Al expresar su deseo de ver “cara a cara” a su Amada, la Iglesia, como a los grandes místicos se le escapa el grito: “¿Cuándo te veré sin velos, cuándo me recibirás, Iglesia Santa; en tu virginal seno? Sin ti yo no vivo, sino que muero” (MRel 733,7). Es la expresión clásica del “vivo sin vivir en mí”. Podríamos ir señalando algunas más, pero éstas nos pueden servir como indicadores para confirmar lo que estamos indicando.
Otro de los libros que podemos destacar para establecer resonancias es La lucha del alma con Dios. Recordamos que el contenido del libro gira en torno a dos ideas básicas: la descripción pesimista de la Iglesia, en particular, la Iglesia española, y la forma de aplicar el remedio a tantos males: la oración. Al hablar de oración no alude a sistemas particulares pero da prioridad a la oración personal con preferencia por la oración meditativa. No le interesa tanto cómo se ore, le interesa trazar un plan de vida, basado en la práctica general de la oración. Se dirige a los que se preocupan por vivir una vida cristiana. Se aprecia sin dificultad que en el fondo está latente, no sólo la formación carmelitana del autor, sino la forma de oración al estilo teresiano.
Si pensamos, un poco, sabemos que la finalidad de Camino de perfección, según las propias palabras de la Santa, es la siguiente: Dándose cuenta de algunos de los males de la Iglesia nos dice: “me determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo [...] ocupadas en oración por los defensores de la Iglesia” (CP 1,1).
Uno y otra proponen la oración como medio para que repercuta en bien de la Iglesia. Éste es el pensamiento clave: Teresa de Jesús se dirige particularmente a una comunidad religiosa, Francisco Palau a todo aquel que quiera servir a la Iglesia, expresando que un modo de servir a la Iglesia es la oración y el sacrificio.
Refiriéndose a la Santa nos comenta: “De Santa Teresa de Jesús, nuestra paisana y doctora de la Iglesia, sabemos por sus mismos escritos que se propuso en la oración alcanzar a Dios la conservación de la religión católica en España y que no la infestara con su infernal aliento la bestia inmunda del protestantismo, que hacía en aquel tiempo los mayores estragos en el vecino reino de Francia” (Lucha 113,29) y continúa afirmando: “para lograr el triunfo de la religión católica en España; [...] Santa Teresa a este fin conmovía todas las almas de oración; a este fin congregó a las monjas descalzas [...] y, precisamente, nuestra lucha es la misma que entonces, pues la impiedad que ahora combatimos no es más que el resultado de la pretendida reforma o desbordamiento general que abortó Lutero y todos sus secuaces”(Lucha 145,28).
Recogiendo algunos textos del Catecismo de las Virtudes y de las Cartas, analizaremos uno de los elementos fundamentales en la experiencia carmelitana: la oración. La oración palautiana, que vive y transmite Francisco Palau, tiene todos los rasgos de la oración teresiana. No podemos olvidar que su experiencia orante hay que leerla desde su relación con la Iglesia. Ella es la necesidad de su oración, el motivo que la sostiene, la realidad digna de ser contemplada. Las relaciones con la Iglesia son las que le van cambiando la vida “Quedé tan cambiado y tan nuevo, que su presencia renovó alma y cuerpo” (MRel 725,3).
Si nos detenemos en la definición teresiana de oración: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”
(V 8,5). Encontramos que Francisco Palau define la oración de la siguiente manera: “La oración es un trato íntimo, familiar que el hombre tiene con Dios” (Cat 304). Por tanto resuena el trato amigable, en soledad, que es don y deseo de comunicarse con el Amado/a. “Estas visitas no servían sino para atormentarme más, porque con ellas crecían los deseos de verla y relacionarme amistosamente con ella” (MRel 727,3).
Así ora y así enseña a orar, si cogemos la primera carta del epistolario que dirige a Eugenia Guerin, vemos que le invita a descubrir la propia interioridad, para introducirse en ella y permanecer allí, ante el Señor de la vida. Recordemos lo que nos dice la Santa al definir la oración de recogimiento dice: “llamase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios” (CP 28,4) y Francisco Palau de forma semejante afirma que: “la obra grande de Dios se labra en el interior” (Cta. 16 julio 1857,2). Siguiendo, el estilo teresiano insiste en que la oración tiene que transformarse en obras: “En esto de la oración, diré algunas cosas [...] antes que diga [...] qué es la oración: Tres cosas me extenderé en declarar [...] la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra verdadera humildad” (CP 4,4). Recorriendo las Cartas que escribió a las primeras hermanas vemos que transmite el mismo calado para sus grupos. Las virtudes darán autenticidad a la oración y la oración irá purificando la vida, por eso les aconseja: “Os repetiré, muchas veces, aquellos consejos que forman el espíritu, según la vocación a que sois llamadas [...] son necesarias estas virtudes principales, obediencia, pobreza y la caridad de unas con otras (Ct 5 marzo 1853,1). También, a Juana Gracias le insiste: “la oración por las necesidades de la Iglesia sea corta y frecuente”.[...] “Imita a Jesucristo en esto y hallarás un verdadero Maestro y modelo de oración, síguelo en todos sus pasos: lo verás en el desierto orando por los hombres, en el huerto de los olivos agonizando por ellos, en la predicación socorriéndoles en las necesidades, en la cruz ofreciéndose al Padre como victima de propiciación” (Cta. 15 julio 1851,4.7). Recordemos como la Santa ora y aconseja que se haga de este modo: como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí” (V 9, 4).
La vida de oración es un camino teologal, que podríamos resumirlo en la “determinada determinación”. No deja de ser una actitud vital para responder con fortaleza y serenidad en las adversidades. Francisco Palau se expresa así: “Dios sabe cuán bien dispuesto estoy para servir a su Iglesia y que en asuntos de su gloria todo lo veo llano y fácil” (Cta. 28 octubre 1860,1).
En la experiencia teresiana es muy importante “la mirada”, también lo es, sin duda en la experiencia humana, cuanto nos puede expresar y transmitir. Haciendo caer en la cuenta al orante le comenta la Santa: “mire que le mira el Señor” (V13, 22). Explicándole el modo de orar a Juana Gracias, Francisco Palau, le aconseja: “Al entrar en la oración, por preparación puede servirte un acto de unión [...] esto abrirle el corazón y ofrecerse a cuanto exija y disponga de ti, e implícitamente un acto sencillo de amor o de unión basta presentarte a Dios y querer lo que Dios quiere. [...] Mírale, en este cuerpo que es la Iglesia, llagado y crucificado [...] ofrécete a cuidarle y prestarle aquellos servicios que están en tu mano. Mírale como Señor y dueño y rey” (Cta. 19 noviembre 1857,2).Tenemos que reconocer que“la mirada” es fundamental en la experiencia teresiana y en la experiencia palautiana.

Resonancias sanjuanistas

Mirando a la persona o mirándonos a nosotros mismos experimentamos, aún en la cotidianidad, que la experiencia humana tiende a comunicarse a través de lo comparativo y metafórico y que este impulso se acentúa cuando el fenómeno es de índole espiritual. Esta particularidad comunicativa, también la percibimos en Francisco Palau y en él no se debe sólo a razones de índole personal sino a las influencias que ha recibido de su formación teresiano sanjuanista.
Si recogemos su itinerario espiritual, explicitado en Mis Relaciones, podemos comprobar que el desarrollo de su vida espiritual sigue la misma trayectoria que el alma en el Cántico Espiritual. Juan de la Cruz describe al hombre como un ser abierto a Dios, al infinito por naturaleza y por gracia, el ser humano es hermosísima y acabada imagen de Dios, capaz de comunicarse con Dios, que “está siempre en el alma dándole y conservándole el ser”. El deseo de alcanzar la unión con Dios, como dinamismo que radica en la entraña de lo humano, se inscribe en el núcleo mismo de esa apertura y tensión del hombre. La purificación de la noche oscura lleva al ser humano al encuentro de sus deseos más verdaderos y auténticos.
La experiencia espiritual se traduce, ahora, en historia escrita. Para comunicar su experiencia, Francisco Palau. se proyecta en una dimensión casi exclusivamente afectiva, describe su trayectoria como una búsqueda de la Cosa Amada, la Iglesia. En este proceso, se le percibe como un hombre abierto a descubrir el misterio, la trascendencia, personificada en la Iglesia: Dios y los prójimos.
Leyendo las páginas de Mis Relaciones, vemos que están dominadas por la dinámica sanjuanista de la ausencia y de la presencia del objeto amado, la Iglesia, por la búsqueda y el hallazg”; por “el gozo del encuentro y por la pena de la huida”. Es una andadura en que se suceden y alternan las penas, las dudas, las certezas, los deseos, las heridas, las llagas y el dolor del amor impaciente. Esta experiencia expresada poéticamente en el Cántico espiritual la expresa Francisco Palau así: “Amada mía [...], has herido de muerte mi corazón; con una mirada has revelado tus pensamientos, te has dado a conocer [...] Y viéndote, volviéndote mis visitas, al mirarte he quedado preso cautivo y esclavo de la presencia de tu indefinible hermosura; y manifestándome [...] tu inmensa amabilidad y las afecciones de tu corazón para contigo, mi corazón ha quedado herido de muerte: tu mirada me ha muerto”(MRel 756,11).
Siguiendo en esta misma dinámica, nos podemos detener en al canción siete del Cántico Espiritual en la que el alma pregunta a las criaturas, y en la que percibimos una respuesta, por parte de ellas, insuficiente que le dejan “un no se qué que se queda balbuciendo” esa misma experiencia la encontramos en Francisco Palau, expresada de esta manera: “Las visitas se multiplicaron y no hacían más que multiplicar el tormento y la pena, porque dejaba mi pobre corazón herido de amor, y la llaga lejos de curarse, aumentaba más, pero esas mismas comunicaciones aliviaban el dolor” (MRel 726,4).
Cuando el autor describe esta situación de su espíritu, en angustioso trance de búsqueda y esclarecimiento vital, para reconocer a su amada la Iglesia, deja entrever que, la búsqueda lleva consigo la purificación y ésta tiene por compañeros inseparables el vacío y la renuncia. El espíritu se empeña en esta búsqueda que llega a convertirse en única razón de su existencia. Escuchemos de nuevo a Francisco Palau: “Mi corazón amaba lo infinitamente bello, pero de esa belleza no tenía más que una idea confusa” (MRel 968,17),”veinte años hacía que te buscaba: te miraba y no te conocía, porque tú te ocultabas bajo las sombras obscuras del enigma [...] y no podía yo verte sino bajo las especies de un ser para mí incomprensible; así te miraba y así te amaba” (MRel 722,1). La orientación de su espíritu era clara, no es capaz de apartar su visión de la Iglesia pero tiene que pasar del conocimiento a la experiencia mística a la noticia amoros.
Concluyendo, podemos afirmar que en toda esta etapa de búsqueda se puede encontrar resonancias con las doce primeras estrofas del Cántico espiritual tanto en la experiencia como en el lenguaje.

El sentimiento de ausencia del amado, que aún queda encubierto en el alma y todavía no puede gozar, queda expresado en la canción once del Cántico espiritual cuando dice: “Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura”. Tanto para Juan de la Cruz como para Francisco Palau la noche se hace luz en la medida que el Amado/a descubre y muestra su hermosura. Sabemos que la belleza es una constante en toda la obra de Juan de la Cruz. La belleza no es tema de reflexión, sino aguijón que espolea la búsqueda y provoca el éxtasis. De la misma manera, las páginas de Mis Relaciones para mostrar la inefabilidad de la Iglesia, nos habla de la belleza: “su presencia satisfizo mi pasión y con ella yo era feliz, su belleza me bastaba, Dios y los prójimos, o sea la Iglesia (MRel 720,3). Es tan profunda esta experiencia en Francisco Palau, que el descubrimiento de la belleza de la Iglesia se convierte en el eje y fundamento de su misión. Él comenta: “Mi misión se reduce a anunciar a los pueblos que tú eres infinitamente bella y amable, a predicarles que te amen [...] este es el objeto de mi misión” (MRel 887,2). La belleza le dinamiza y le subyuga como a Juan de la Cruz y a ambos les provoca ansias de llegar al encuentro definitivo. Esta experiencia la podríamos sintetizar con la expresión sanjuanista: “si por ventura vierdes / aquel que yo más quiero / decidle que adolezco, peno y muero” (CB 2).
Después de está larga experiencia de noche, atravesando una larga oscuridad, guiado por la luz que ardía en el corazón hasta llegar al esclarecimiento del misterio, puede llegar a formular su expresión exultante: “¡te he encontrado!”.(Ciudadela 1860); al contrario de la etapa anterior. Ésta es de luz, sosiego, calma, hallazgo de algo ansiosamente buscado: cambia el deseo por la posesión. La nueva percepción del misterio eclesial se verifica en el ámbito de la fe. Es la etapa de los desposorios. Esta intuición, reveladora de la singularidad de la Iglesia, resulta decisiva; él mismo confesará: “se me grabó de modo a mi alma, que ya no podré jamás borrarlo” (MRel 729,4) no ha llegado a la clarificación plena, “pero quedó herido y aludido” En toda esta etapa seguimos encontrando resonancias sanjuanistas, en concreto, de las canciones 12-16 del Cántico espiritual.
La etapa del encuentro, la describe Juan de la Cruz desde la novedad y Francisco Palau hace lo mismo, es para él es algo distinto no experimentado hasta ahora: “Yo te veo siempre de nuevo, y cuanto más te miro más bella te hallo, más te amo, más hermosa y amable te siento; eres para mí tan nueva, que cada día me parece es la primera vez que te veo, amo y poseo” (MRel 850,35).
Al comentar su trayectoria espiritual, habla también de desposorio y de renovar el contrato matrimonial. Los símbolos del desposorio y del matrimonio, propios de las últimas etapas coinciden en la fenomenología sanjuanista pero a veces no tienen idéntico significado. A Francisco Palau estos símbolos le sirven para manifestar y expresar lo que vive y siente desde la propia espiritualidad, y a la vez, para expresar desde esas relaciones con la Iglesia su compromiso en la misión.
Empapado de la mística carmelitana, muchas veces habla de igualdad de amor. Tiene claro que es un don que se recibe por participación y que la plenitud será en la otra vida. Es el ansia de gloria, la esperanza, que abre nuevas perspectivas al amor. Es el intenso deseo de ver “cara a cara” a la Amada sin velos. “Hermosa mía paloma pura, Virgen amable, ¡abre tus brazos y recibe en tus pechos a este miserable mortal que suspira por ti, que no puede vivir fuera de ti, que desea verte cara a cara sin velos! (MRel 733,6). En esta manifestación encontramos la resonancia escatológica de la doctrina sanjuanista expresada en las últimas canciones del Cántico espiritual:
El aspecto central en Mis Relaciones es considerar a la Iglesia como la Esposa, es una realidad tan concreta que enamora a quien descubre su belleza, santidad y perfección. Juan de la Cruz, también en la estrofa treinta y tres del Cántico Espiritual en la que explicita la relación con la Iglesia, la llama y la considera Esposa.
Buscando ecos sanjuanistas, no podemos dejar de mencionar la experiencia de soledad. Para Juan de la Cruz la soledad tuvo valor humano y religioso. La considero imprescindible para la unión con Dios. En las canciones del 14-15; 34-35 la soledad se explica como una gracia mística, es “la soledad sonora”. La imagen de la tortolica con la fortísima determinación de no juntarse con otras aves expresa con claridad como el alma “no queriendo reposar nada en nada ni acompañarse de otras aficiones gimiendo por las soledad de todas las cosas hasta hallar al esposo en cumplida satisfacción” (CB 34,5).
Francisco Palau por su vocación carmelitana siente la llamada a la contemplación. Con clara conciencia de su entronque en los dos grandes arquetipos: Elías, el hombre bíblico del Horeb y del Carmelo y Teresa de Jesús, la gran apasionada de la soledad. Tiene una necesidad imperiosa de soledad, de ahí surge la necesidad de buscar un lugar solitario allí donde se encuentre, puede ser una cueva o un monte. La soledad es el marco ideal para encontrarse con la Amada. La primacía de Dios, vivida desde el misterio de la Iglesia, le impone un talante contemplativo a toda su existencia: “En la soledad seré tu compañera, y en medio de los pueblos yo no te dejaré; en vida estaré contigo, y tras las sombras de la vida presente me verás y estaré contigo a cara descubierta en gloria” (MRel 811,13).
El lugar del encuentro por excelencia, es el monte, lo vemos en los patriarcas, en los profetas, en los grandes contemplativos. Para Francisco Palau, el lugar y al mismo tiempo, el símbolo de su experiencia de solitario es el Vedrá. Al leer las páginas descritas en Mis Relaciones, escritas en el Vedrá, no podemos menos que recordar el Monte, descrito por Juan de la Cruz, como símbolo de la realidad generadora del hombre para encontrarse con Dios. Para Francisco Palau es el lugar del descanso, del encuentro con la Amada, donde renueva el amor, donde se realizan sus desposorios, donde traslada sus más bellas experiencias, donde programa y discierne su vida al servicio de la Iglesia. Lo considera su casa y así lo expresa: -le dice la voz-: “Es la casa que tu Padre te tenía preparada para que en ella te unieras con su Hija en fe, esperanza y amor (MRel 807).
La alusión a la cima del monte no es casual. Nos pone en la meta de ambos itinerarios espirituales. En el itinerario sanjuanista el hombre encuentra la gloria de Dios en el monte; allí realiza la unión con Dios. Francisco Palau en la soledad del monte encuentra el lugar ideal para renovar el desposorio con su amada la Iglesia en fe, esperanza y amor.

Podríamos seguir buscando resonancias con los grandes arquetipos del Carmelo, pero nuestro objetivo era solamente señalar unos indicadores que nos pusieran en el camino: Francisco Palau vivió como exclaustrado, la mayor parte de su vida. Ciertamente la espiritualidad carmelitana caló en su interior, se transformó en experiencia, que asimiló, transmitió y ha perdurado en su obra fundacional, el Carmelo Misionero: “Estudiando ciertos incidentes de mi vocación a la orden de Santa Teresa, creo me llamó ésta a su Orden para esta obra” (Cta. 17 agosto 1863,4).

jueves, 2 de julio de 2009

EL SACERDOCIO EN EL PADRE PALAU por Mª Pilar Vila


El sacerdocio en el P. Palau

La vocación religiosa del P. Palau aparece definida desde sus inicios y a través de toda sus vida. En cambio la vertiente sacerdotal tendrá una evolución progresiva, paralelalmente al pensamiento y visión que se le irá desvelando sobre el misterio de la Iglesia.

Parece ser que sus superiores habían decidido que fray Francisco Palau fuera ordenado sacerdote. Pero al ser incendiado su convento cuando era diácono, y a raíz de su forzada exclaustración tuvo que replantearse su vocación y el camino a seguir. También se puso en contacto con sus superiores acerca de lo que debía hacer, estos le indicaron que debía ordenarse.

Sólo aceptó solicitar la ordenación sacerdotal después de estar convencido de que el sacerdocio no lo apartaría de la vocación carmelita a la que se sentía llamado y por ella dejó el seminario de Lleida. De ello da testimonio en Vida Solitaria: “Cuando mis superiores me anunciaron que debía ordenarme, jamás me parece aceptara el sacerdote si me hubieran asegurado que en caso de verme obligado a salir del convento debería vivir como sacerdote secular, pues a mi parecer nunca sentí esta vocación, y si consentí en ser sacerdote fue bajo la firme persuasión de que esta dignidad en modo alguno no me alejaría de mi profesión religiosa”(VS 11).

Pero, ante su sorpresa, la ordenación sacerdotal lo transformó interiormente. Del momento de su ordenación el P. Francisco Palau dirá:“Habiéndome la Iglesia por ministerio de uno de sus pastores impuesto las manos sobre mi cabeza, el espíritu del Señor, que vivifica ese cuerpo moral, me mudó en otro hombre, a saber en uno de sus ministros, en uno de sus representantes sobre el altar, en sacerdote del Altísimo”(VS18).

Cuando místicamente se sienta llamado a participar de la paternidad de Dios sobre la Iglesia, lo será por su condición no de bautizado, sino de sacerdote de Cristo: “Tu eres sacerdote del Altísimo (...) Esa es mi Hija muy amada. En ella tengo mis complacencias: dala mi bendición” (MR 2,2). Lo mismo sucede cuando se le concede el don relacionarse con la Iglesia con amor esponsal por intercesión de Maria: “Hijo mío, el sacerdote que ves pre sente sobre el altar ama a tu Esposa; el Padre se la da por Hija, y tú dásela por Esposa. -El Hijo: El Padre y yo hemos ordenado que tenga la Igle sia en la tierra padre que la ame como Hija, y amante que se una con ella como Esposa. Y puesto que el sa cerdote por quien tú abogas la ama, yo se la doy de nuevo por Esposa, como mi Padre se la ha dado por Hija” (MR 1, 30). En ambas experiencias se siente revestido místicamente de los ornamentos sacerdotales.

Para comprender mejor esta experiencia esponsal con la Iglesia de la que da testimonio el beato Francisco Palau se puede entender desde esta perspectiva: Cristo no se reserva nada para sí: nos permite dirigirnos a su Padre como Abba, a acoger a María como madre nuestra, a tener su mismo Espíritu, a comer su sangre y su cuerpo en la Eucaristía, a acoger su Palabra de salvación. Pero al sacerdote que es otro Cristo, el Señor le hace partícipe del amor esponsal que constantemente recibe de la Iglesia tanto celestial como terrena, vivido conscientemente por las mujeres consagradas. Este amor sólo lo posee Cristo, el esposo de las vírgenes, y glosando las palabras del Cantar de los Cantares: “Eres jardín cerrado, hermana y novia mía; eres jardín cerrado, fuente sellada. Yo vengo a mi jardín, hermana y novia mía; a recoger el bálsamo y la mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino” (Cant 5,1). Y Cristo le dice a los sacerdotes, que son otro Cristo con él, “Comed, amigos, bebed, embriagaos de amor” (Cant 5,1).

El beato Francisco Palau es testimonio privilegiado de los bienes espirituales que Dios concede a los que viven con radicalidad el celibato sacerdotal. Como Inés, Clara de Asís, Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Teresa del Niño Jesús, Isabel de la Trinidad, Teresa de los Andes... son testimonios privilegiados de la belleza del amor esponsal a Cristo por un don del Espíritu Santo.

Todos ellos son testimonio de que son ciertas las palabras de Cristo, “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mi como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7,37), incluso en el amor esponsal, paternal y maternal que todo hombre y mujer se sienten íntimamente llamados vivir.

Dios no se deja vencer en generosidad, y si un hombre o una mujer consagra a Cristo su capacidad de amar esponsalmente, Dios se lo recompensa mil por uno. Como dice el P. Avelino Fernández s.j. “Dios da el ciento por uno en casa, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, pero en la castidad Dios da mil por uno”. Quizás en esta vida terrena sólo algunas mujeres consagradas, por un don del Espíritu Santo implícito en el bautismo, podrán experimentar el gozo de amar y sentirse amadas esponsalmente por Cristo. Pero en el cielo nuevo y en la tierra nueva todos quedarán sobrecogidos de poder contemplar eternamente la belleza y el amor de Cristo esposo de la Iglesia y sentirse amados por El.

De la misma forma los sacerdotes podrán recibir de Cristo su amor de hermano, de amigo entrañable, pero unidos a El podrán experimentar eternamente el gran amor esponsal con que Cristo es amado por la Iglesia. Ya que Cristo no se reserva nada para él y todo lo quiere compartir, de forma particular con el sacerdote que por el sacramento del Orden, ha sido constituido en otro Cristo como él: “Padre a los que tu me has dado, quiero que a donde yo esté, estén también conmigo... para que les inunde mi alegría” (Jn 17, 24 y 13).


La Iglesia como esposa del sacerdote

Francisco Palau había pedido reiteradamente la intercesión de Maria, para que Dios le hiciera conocer su voluntad, y al cabo de poco el Padre le manifestó en Ciutadella que le hacía participar de su paternidad. Años más tarde, cuando se iniciará una relación esponsal con la Iglesia, Maria también estará presente con su poderosa intercesión.

Cuando es introducido a relacionarse con la Iglesia desde un amor esponsal el P. Palau se siente revestido místicamente con los ornamentos sacerdotales.

“María, dirigiéndose al Anciano, le dijo: Padre eterno, este sacerdote que veis sobre el altar ama a tu Hija, la Iglesia santa, y te la pide por Esposa suya .

-<<El Padre>>: Mi Hija es su Hija, y mi Hija y su Hija, es Esposa suya.

-<<La Virgen a su Hijo>>: Hijo mío, el sacerdote que ves pre sente sobre el altar ama a tu Esposa; el Padre se la da por Hija, y tú dásela por Esposa.

-<<El Hijo>>: El Padre y yo hemos ordenado que tenga la Igle sia en la tierra padre que la ame como Hija, y amante que se una con ella como Esposa. Y puesto que el sa cerdote por quien tú abogas la ama, yo se la doy de nuevo por Esposa, como mi Padre se la ha dado por Hija”(MR1, 30).

El beato Francisco Palau hace entonces donación de sí a la Iglesia: “Recibe, oh Iglesia santa, acepta, oh Virgen bella, esta prenda de mi amor para contigo: sea la señal de la entrega de mí a ti en sacrificio sobre este altar. Y tú, altar, seas testigo que yo ya no soy mío, que ya no me pertenezco a mí mismo, que soy herencia y propiedad de mi Amada" (MR 1,30).

Y de ahora en adelante María será para él la imagen de la Iglesia, con la que se podrá relacionar: “Yo represento aquí tu Esposa, la Iglesia santa, y en nombre suyo yo acepto la ofrenda y el sacrificio: perteneces ya a tu Esposa, eres todo suyo. Durante el tiempo que vivas sobre la tierra, ámala, sírvela de padre y de esposo; ella, sabrá corresponder a tu amor” (MR 1,30).

Fruto de esta experiencia espiritual dirá de la Madre de Jesús: "María no sólo es el tipo y la figura más perfecta posible de la Iglesia para el que se enlaza con ésta, sino que es constituida medianera la más poderosa para este enlace sagrado entre la Iglesia y su amante. Por cuyos títulos debe invocarse y servirse de ella en nuestras relaciones con la Amada” (MR 11,20)

En su encuentro con la Iglesia como esposa, se realiza en él los síntomas de un verdadero enamoramiento, la contemplación de la Iglesia le ha robado todos los afectos de su corazón, hasta el punto de “ser esclavo de mi belleza, que por mí y para mí sacrificas tu ser, tu existencia, tu vida, cuanto eres y cuanto tienes“ (MR 20,10). Pero a él le llena de gozo poder relacionarse con “la más casta, la más pura y la más santa de las vírgenes” (MR 4,24) “Tu eres mi herencia, mi patrimonio y las delicias de mi corazón” (MR 5,6). Sus palabras recuerdan al salmista: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal 15, 5-6).

La Iglesia es la belleza infinita que él durante tantos años había buscado ansiosamente, “Eres tú, ¡oh Iglesia santa, mi cosa amada! ¡Eres tú el objeto único de mis amores. (...) La pasión del amor que me devora hallará en ti su pábulo, porque eres tan bella como Dios, eres infinitamente amable” (MR 3, 2). El P. Palau queda cautivado por la belleza de la Iglesia, que se le hace presente como una “mujer infinitamente amable, bella, afable, siempre joven, sin arruga ni defecto, perfectamente formada, grave, reservada, casta, virgen, madre fecunda, nunca enferma, siempre sana y con buena salud, robusta, de una inteligencia infinita, bella como Dios, fuerte, invencible, amante, inmutable, constante, sin debilidad, rica, señor del mundo, reina de todo lo creado[1].

En las descripciones que el beato Francisco Palau hace de la Iglesia, como santa Teresa las hacía de la belleza de Cristo, se singulariza la Iglesia de Roma que sobrepuja a todas en belleza. “Entré en el Vaticano, y desde las puertas vi sentada sobre el trono del sumo pontificado a la Mujer del Cordero (Ap 19, 7-9; 21,9). Su belleza era inmensa e indescriptible. (...) Yo temía acercarme a ella. Y uno de los príncipes que la rodeaban se acercó a mí y me dijo: <>. Al acercarme vi su belleza; y era tanta, que todas las bellezas creadas no son más que una sombra oscura tras la que brilla su hermosura como imagen del mismo Dios. Siempre joven, siempre virgen, toda perfecta, sin tacha ni arruga, infinitamente amable” (MR 19,6).

El P. Palau observará la transformación que ha obrado en él el encuentro con su Amada: “Cinco años ha que mi vista no se aleja de ti. Desde que te vi, mi corazón quedó herido de muerte, y ya no me es posible amar otra cosa que a ti” (MR 8,33). La presencia interior de la Iglesia lo deja herido de amor: “Yo te veo siempre de nuevo, y cuanto más te miro más bella te hallo, más te amo, más hermosa y amable te siento, y eres para mí tan nueva, que cada día me parece es la primera vez que te veo, amo y poseo” (MR 9,35). Pero no hay gozo sin alegría, y surgió en él el dolor de su indignidad respecto a la Iglesia, y el miedo que por causa de sus pecados pudiera desaparecer la presencia de su Amada, la Iglesia, esto lo temía más que la cárcel o todo tipo de persecuciones, de que también fue objeto.

Para comprender mejor sus relaciones esponsales con la Iglesia reflexionará sobre las diversas formas de relación.

“<>: Nuestras relaciones están fundadas en el amor mutuo de los dos, y el primer grado / es la amistad. Pero una simple amistad está muy lejos de satisfacer los apetitos del corazón; debe, por consiguiente, haber más que amistad simple.

<>: Hay entre los amantes relaciones de maternidad, y éstas son ya más fuertes. Tú, Amada mía, eres mi madre, y hay entre los dos, relaciones de hijo a madre. (...) En el curso de mi vida, tú, oh Iglesia santa, me has amamantado de la leche de tu doctrina, y con tu Espíritu vivificador me has sostenido como buena madre en el seno de tu amor. (...) Yo no te conocía, oh madre tierna, y tú, para dar calor a mis resoluciones santas, me apretabas a tus pechos y fomentabas mi piedad y devoción y el amor a cosas santas y eclesiásticas. Pero estas relaciones tampoco satisfacen ni llenan el vacío del corazón: relaciones de madre.

<>: Yo soy tu esposo y tú eres mi Esposa. Estas son las relaciones que van directamente a llenar el corazón, porque unen en esta vida con la perfección que permite la condición de mortal a los dos amantes. La simple amistad puede hallarse sin constituir familia, la maternidad constituye familia y hay comunidad de bienes, pero los desposorios constituyen familia, hacen comunidad de bienes y personas. Los desposorios son la entrega mutua de los amantes uno a otro; y el amor es el que une los amantes, haciendo esclavo uno de otro” (MR 22,22-24).

Dios va enriqueciendo progresivamente esta relación esponsal, que toma características trinitarias: “La eterna Paternidad en Dios, mirándose a sí mismo en los dos, esposo y Esposa, viendo en ellos su propia belleza, los enriquece a los dos cuanto compete a cada uno: al esposo le da en dote fe, esperanza y caridad; y la Esposa, en correspondencia a la fe del viador, le comunica la visión, y, en razón de la esperanza y de la caridad, la posesión y fruición de todos los goces celestes; y así, ricos, cuanto corresponde a tales amantes, los presenta semejantes a sí en el día de las bodas” (MR 22,33).

El beato Francisco Palau podía encontrar la presencia de su Amada donde fuera, la podía encontrar en la soledad o en medio de la ciudad, porque allí donde haya un fiel allí está ella. En sus largas meditaciones sobre su vinculación con la Iglesia, descubre la profunda unidad existente entre la vida contemplativa y la vida activa, entre la vida terrena y la celestial: “En la soledad seré tu compañera, y en medio de los pueblos yo no te dejaré; en vida estaré contigo, y tras las sombras de la vida presente me verás y estaré contigo a cara descubierta en gloria” (MR 8,13).

Pero su deseo más profundo era vivir en la tierra una unión cada vez más profunda con su Amada; ésta tiene lugar en la Eucaristía, “Sólo puede satisfacer los deseos del corazón la unión de amor de esposo fiel, consumada en tu altar con la participación del augustísimo Sacramento” (MR 22,26). En la Eucaristía aunque de una manera misteriosa pero real se realiza la unión de todos los miembros entre sí y con su cabeza:

En el augustísimo Sacramento del altar, allí todos -los días representada en su Cabeza invi sible, Jesús mi Hijo allí ella se unirá contigo de nuevo. Dándote su Cabeza sacramentalmente, se te da toda ella por amor mística y moralmente; y unién dote allí sacramentalmente con la Cabeza, te unirás moralmente con todo su cuerpo. Allí, comiendo la car ne de Cristo su Cabeza, te harás con ella carne de sus carnes, hueso de sus huesos; allí te unirás con ella, y ella contigo en matrimonio espiritual, y te gozarás de ella y ella contigo con aquel gozo espiritual que el mun do y la carne no conocen. Tu amada Esposa, tu Hija, está y estará en el templo de Dios vivo día y noche, su Cabeza -Cristo Sacramentado- reclinada, sobre el altar. Cuida de ella -la militante- enjuga sus lágrimas, consuélala en sus aflicciones, alivia sus pesares; lo que harás por ella en la tierra, ella te lo volverá y hará por ti en el cielo” (MR 1, 31).

Pero no siempre vivirá en la certeza de estas relaciones con su Amada, y ante las dudas hará actos de fe, y decidirá poner por escrito estas vivencias eclesiales para que le confortaran en momentos de oscuridad. Éste será el libro de Mis relaciones con la Iglesia de Dios.

Proyección eclesial de la experiencia espiritual del bto. Francisco Palau

La experiencia interior que el beato Francisco Palau tuvo de la Iglesia como persona mística, y su relación con ella desde la filiación, paternidad y el amor esponsal es para que ser comunicada a los demás.

Él se preguntaba porque el Padre se le había revelado a él que se encontraba incapaz de corresponder a este amor. Comprenderá en su interior: "No por ti, sino por mi Iglesia, yo te he revelado, descubierto y manifestado a mi Hija muy amada; y ella se ha revelado a ti, y te he dado por Esposa, para que hagas de su belleza la descripción y para que escribiendo y predicando de ella la conozca el mundo, la ame y deje de odiarla y perseguirla. Llega ya el tiempo en que la Iglesia ha de revelarse y darse a conocer al mundo y a los hombres, la verán y la amarán. La fe en ella casi extinguida, se levantará cual cometa, que será el signo de los últimos días de su peregrinación sobre la tierra" (MR 3,14).

Francisco Palau recibió la misión de anunciar a todos los pueblos del mundo la belleza infinita de la Iglesia para que fuera amada. Hoy cerca de tres mil hijas espirituales del Beato F. Palau presentes en unos treinta países de cuatro continentes del mundo, aman, sirven a la Iglesia en sus necesidades, y enseñan a todos a amar filialmente a la Iglesia. Todo aquel que lea atentamente y con perseverancia los escritos del beato F. Palau obtendrá como fruto espiritual un amor entrañable a la Iglesia.

Se podría decir que cuando el beato Francisco Palau entra en la eternidad es engendrada -en el seno de su madre- la que sería santa Teresa del Niño Jesús, ya que entre la muerte del beato Francisco Palau y el nacimiento de la santa de Lisieux hay nueve meses y trece días. Pero hay algo que diferencia profundamente a estos dos santos del Carmelo. A la muerte de santa Teresa del Niño Jesús fueron publicados sus escritos espirituales. Hace un siglo que estos escritos espirituales no dejan de hacer bien a todos los que los leen. Sus pensamientos han quedado integrados en la espiritualidad de nuestro tiempo, hasta el punto de que Juan Pablo II la ha declarado doctora de la Iglesia. Esto no ha sucedido con los escritos del bto. Francisco Palau. Hasta el año 1997 no fueron publicados sus escritos íntimos: “Mis Relaciones con la Iglesia". Los estudiosos de la Iglesia que los leen, quedan admirados por la profundidad con que intuyó el misterio de la Iglesia. El P. Palau, alejado de los centros europeos donde se elaboraba la teología sobre la Iglesia, llegó a conclusiones todavía más profundas por el camino de la experiencia mística[3]. También los sacerdotes que han tenido la oportunidad de leer este libro y lo han comprendido, han intuido el profundo amor de Cristo hacia el sacerdote.

Si hubieran sido publicados sus escritos después de su muerte, hoy formaría parte del patrimonio espiritual de la Iglesia. Teológicamente el conocimiento sobre el misterio de la Iglesia habría avanzado mucho más.

Dios le concedió al P. Palau descubrir a la Iglesia como un ser personal capaz de amar y ser amado, capaz de saciar toda la capacidad de amar del corazón humano. Afirmación que va mucho más allá de la que definió el Concilio Vaticano II. Sólo Pablo VI en su encíclica "Eclesiam Suam", se acerca algo a la experiencia que ya estaba profundamente instaurada en el interior del bto. F. Palau. En esta encíclica este Papa decía: “El misterio de la Iglesia no es un simple objeto de conocimiento teológico, ha de convertirse en una vivencia, en la cual antes de tener una noción clara, el alma fiel puede tener incluso una experiencia connatural" (n. 35).

Si los escritos del bto. F. Palau formasen parte de la espiritualidad de nuestro siglo como los de santa Teresita, muchos de los miles de sacerdotes que, con la crisis postconciliar se secularizaron, buscando ser amados por un amor femenino, estos escritos del P. Palau les hubiesen ayudado a descubrir que en la fidelidad radical al celibato sacerdotal podían encontrar este amor que buscaban, como lo encuentra la mujer consagrada en Cristo.

Además, si hubiera sido mínimamente conocida la riqueza de la experiencia del bto. Francisco Palau, del sacerdote como esposo de la Iglesia, cuando Pablo VI en su encíclica Sacerdotalis Caelibatus invitaba: “a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocación, a preservar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que el vínculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y heroica, de amor único e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia”(n. 25), hubiera podio aportar el ejemplo luminoso de la experiencia eclesial del bto. Francisco Palau para que fuera profundizada en orden a dar sentido al celibato sacerdotal, entonces y ahora tan cuestionado.

El bto. Francisco Palau es un testimonio viviente de que Dios no se deja vencer nunca en generosidad. Él fue tan fiel en servir a la Iglesia como un hijo sirve a su madre en situación de extrema necesidad, que Dios le hizo partícipe de su paternidad sobre la Iglesia. Fue tan fiel en su entrega paternal a favor de su Hija la Iglesia que Cristo por intercesión de María le concede ser esposo de la Iglesia. Además lo que él ofrecía a Dios en bien de la Iglesia en España, le concede vivenciarlo desde la experiencia esponsal. La Eucaristía que ofrecía en reparación de los pecados de la Iglesia, será el lugar del encuentro profundo entre él y su Amada. Si antes suplicaba que María fuera su intercesora a favor de la Iglesia en España, será ella la mediadora para que se realice el enlace nupcial entre él y la Iglesia....

Nos podemos preguntar las gracias con que Dios favoreció al beato Francisco Palau son sólo un premio a su insobornable fidelidad en el servicio de su Iglesia, o más bien es un testimonio privilegiado para hacer conocer a la Iglesia como persona mística, donde todos los que como él participan del sacerdocio ministerial de Cristo, puedan establecer con la Iglesia una relación paternal y esponsal. Se puede afirmar que las gracias por él recibidas y algunas de ellas narradas en su diario íntimo “Mis Relaciones con la Iglesia”, son prenda de lo que están llamados a vivir los sacerdotes. Su larga búsqueda de 40 años es una luz que señala el camino para que sus otros hermanos en el sacerdocio puedan experimentar la responsabilidad de su paternidad hacia la Iglesia, y el gozo de sentirse amados esponsalmente por la Iglesia.

De la misma forma que Isabel de la Trinidad intuía que su misión póstuma en el cielo sería el fruto de la labor de toda su vida espiritual: “Atraer a las almas, ayudándolas a salir de ellas mismas para unirse a Dios por un movimiento todo sencillo y amoroso, y guardarlas en este silencio interior que permita a Dios imprimirse en ellas y transformarlas en El mismo[4]. El bto. Francisco Palau en el cielo su misión debe ser también ayudar al sacerdote a descubrir a la Iglesia como su Hija y su Esposa, y como dijo pocos días antes de morir a una familia amiga, “Como me voy al cielo, reclamadme, reclamadme que os ayudaré”.

Si aquí en la tierra los sacerdotes no perciben estas gracias espirituales de forma análoga a la experimentada por el beato Francisco Palau, no por ello dejarán de vivir estas realidades en la Iglesia celestial, quizás aún de forma más plena porque han debido vivir con una fe más desnuda de todo consuelo espiritual su ministerio sacerdotal en bien de la Iglesia. Así lo expresa con toda claridad el beato F. Palau: “Si tu no te hubieses revelado, así hubiera desaparecido de entre los mortales sin relacionarme contigo. ¡Qué sorpresa la mía cuando te hubiera visto sin velos en el cielo!” (MR 22,17).

En distintas ocasiones el beato Francisco Palau repite que esta experiencia esponsal con la Iglesia está reservada a “amantes castos, puros y vírgenes como yo” (MR 7,10). Pero al final de sus escritos dirá: “En cuanto sacerdote, soy esposo tuyo; y si yo amara otra belleza fuera de ti, fuera tu esposo pero infiel y adúltero; y si me uno a ti sacramentalmente y no tuviera el amor que me pides, fuera esposo infiel, adúltero y sacrílego (...) Sólo puede satisfacer los deseos del corazón la unión de amor de esposo fiel, consumada en tu altar con la participación del augustísimo Sacramento” (MR 22,26).

El ser esposo de la Iglesia está reservado a todo sacerdote fiel o infiel. Ciertamente que su experiencia esponsal puede ayudar afirmar a muchos presbíteros en la fidelidad a su celibato sacerdotal, pero también puede ayudar a los que en “momentos de oscuridad y nubarrones se desperdigaron” (Cf. Ez 34,12) para reencontrar la belleza del celibato sacerdotal y descubrir las dimensiones esponsales y paternales del sacerdocio.