martes, 22 de febrero de 2011

UN CARMELITA A LA INTEMPERIE

Escrito por + Josep Àngel Saiz Meneses - Obispo de Terrassa

miércoles, 16 de febrero de 2011

Hace doscientos años nacía en Aitona, provincia de Lleida, el padre Francesc Palau i Quer (1811-1872), carmelita descalzo, fundador de dos congregaciones religiosas, las Carmelitas Misioneras y las Carmelitas Misioneras Teresianas, presentes ambas en nuestra diócesis.
El Padre Palau fue beatificado por Juan Pablo II en el año 1988. De él se ha dicho que fue un carmelita a la intemperie. Y ciertamente, lo fue. Recibida la vocación sacerdotal, estudió en el Seminario de Lleida cuatro años, pero fascinado por la vida y los escritos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, pidió ingresar en los Carmelitas Descalzos de Barcelona, donde profesó en 1833. Dos años después, en 1835 –año de las desamortizaciones y de las disposiciones civiles de exclaustración de los religiosos- se vio obligado a dejar su Orden. Ya exclaustrado, fue ordenado sacerdote al año siguiente y compaginó la vida parroquial con la vida eremítica, ya que siempre vivió y murió como un verdadero carmelita. Vivió como ermitaño primero en el lugar que se conoce como Cueva del padre Palau, en Aitona. Exiliado a Francia durante once años (1840-1851), continuó este estilo de vida en diversas localidades del Pirineo francés.

De retorno a Cataluña, se integró a la pastoral de la diócesis de Barcelona, que regía su amigo el obispo Doménech Costa i Borràs. En Barcelona creó la llamada “Escuela de la virtud”, destinada a la catequesis de adultos, que se reunía en la iglesia de San Agustín, cerca de las Ramblas, y que tuvo una gran aceptación y fue vanguardista en la formación social de los católicos. El año 1854 esta Escuela fue prohibida por las autoridades civiles acusada de incitar alborotos y desórdenes públicos. El padre Palau fue desterrado a Ibiza y el obispo Costa i Borrás a Cartagena.

Este segundo exilio permitió al padre Palau hacer apostolado en las Islas Baleares y también allí encontró un lugar donde vivir su vocación como contemplativo carmelita; se retiraba al islote de Es Vedrà, para alabar a Dios, meditar y hacer penitencia. El año 1860 un real decreto de Isabel II declaró su inocencia y la injusticia de un exilio que duró seis años.

Regresado a Barcelona, pudo dedicarse a su vocación como fundador y, entre sus primeros colaboradores tuvo a su sobrina, Teresa Jornet i Ibars, quien más tarde fundaría las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y ha sido canonizada. Al pie del Tibidabo, en la capilla de la Virgen del Carmen, el padre Palau continuó su vocación de ermitaño y apóstol, y allí ejerció también el ministerio de exorcista, siempre fiel a una doble vocación: la alabanza a Dios y al servicio solidario a las personas que sufrían en el cuerpo o en el espíritu. Su paso por Barcelona dejó una huella en la toponimia de la ciudad, pues la comunidad del padre Palau dejó el nombre de “Penitents” al barrio situado en la falda del Tibidabo donde vivieron él y sus discípulos.

En sus escritos, el padre Palau destacó en su visión de la Iglesia y está considerado como un renovador de la teología eclesial, en la línea del teólogo alemán Moler y de la famosa escuela de Tubinga.

Este carmelita, que vivió una vida intensa y llena de contradicciones, tiene muchas lecciones a enseñarnos durante este año jubilar que ha sido abierto con motivo del bicentenario de su nacimiento.



+ Josep Àngel Saiz Meneses - Obispo de Terrassa



AMOR A LA IGLESIA

Feb - 21 - 2011
LA VANGUARDIA- Article de l’Arquebisbe de Barcelona
Lluís Martínez Sistach

Este año es el bicentenario del nacimiento del carmelita catalán padre Francesc Palau i Quer (Aitona, 1811), fundador de dos congregaciones religiosas muy presentes en nuestra diócesis y otros países: Carmelitas Misioneras Teresianas y Carmelitas Misioneras.

El padre Palau ingresó en el Seminario de Lleida a los 17 años. Santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz le fascinaron y por este motivo se hizo carmelita descalzo. A pesar de la conmoción vivida a causa de las disposiciones civiles sobre la exclaustración de 1835, el padre Palau fue toda su vida un carmelita verdadero, y unió la vocación contemplativa al apostolado, en especial a la dedicación a la formación cristiana y a la ayuda a los enfermos. Destaca un valor muy admirable: fue un gran servidor de la Iglesia. Juan Pablo II, en la beatificación del padre Palau (24 de abril de 1988), puso de relieve este riquísimo contenido de la vida y obra del nuevo beato. El Papa dijo que Francisco Palau hizo de su vida sacerdotal una ofrenda generosa a la Iglesia.

El beato padre Palau nos ha dejado unos escritos sobre la Iglesia que en opinión de muchos representan una visión que se adelanta – cien años antes-a la rica doctrina que sobre la Iglesia nos legó el concilio Vaticano II. El padre Palau es para nosotros, todavía hoy, un gran testimonio de amor a la Iglesia. Bien cierto, la Iglesia es nuestra madre en el espíritu, porque nos ha engendrado a la vida de hijos e hijas de Dios, y ella alimenta esta vida con la Palabra de Dios, la Eucaristía y los otros sacramentos. Él era muy consciente de que en el amor a la Iglesia se realiza el gran mandamiento cristiano del amor a Dios y del amor a los hermanos.

En momentos como los que vivimos de indiferencia religiosa, de privatización de la religión, de poco interés por los valores y contenidos religiosos, todos corremos el peligro de perder el ánimo, de adormecernos, de reducir el espíritu misionero y evangelizador. En definitiva, de alejarnos del espíritu y del carisma del padre Palau que tanto han enriquecido a la Iglesia.

Francesc Palau i Quer fue un hombre de oración, un ermitaño, pero a la vez fue un hombre de acción, en diversas iniciativas apostólicas, entre las que destaca la famosa Escuela de la Virtud, una catequesis de adultos que impartía con una masiva asistencia, o el apostolado en la parroquia de San Agustín. La toponimia barcelonesa ha recuperado el nombre de Penitents con el que fue bautizado el centro asistencial creado por el padre Palau.

Para las religiosas de las dos congregaciones por él fundadas y para todos en general, el bicentenario del padre Palau y el año jubilar que inauguramos en la catedral el pasado 29 de diciembre es una invitación a imitarle sobre todo en su amor a la santa Madre Iglesia.



viernes, 18 de febrero de 2011

UNACONMEMORACIÓN OLVIDADA, por Luis Suárez Fernández, de la Real Academia de la Historia


Una conmemoración olvidada


En silencio, la Congregación de las Carmelitas Misioneras se ha ido extendiendo. Hoy las hallamos en treinta y nueve naciones de los cinco continentes

LA RAZÓN, 5 Febrero 11-- Luis Suárez Fernández, de la Real Academia de la Historia

Muchas veces, a la hora de avivar la memoria del pasado, buscando naturalmente las figuras más constructivas, incurrimos en olvidos que impiden al propio tiempo llegar a conocer algunas de las raíces esenciales de la sociedad europea. Éste es el caso de Francisco Palau, un carmelita que nació hace ahora doscientos años en una alquería de esas inolvidables tierras altas de Lérida. Se cerraba entonces un capítulo sangriento, la guerra que llamamos de la Independencia. El daño principal de aquella guerra estaba en la ruina que de manera especial afectaba a aquellas comarcas, no ricas, que habían ligado su vida a la agricultura y la ganadería. ¿Qué quedaba en pie de la pobre Gerona, que no quiso «arrenderse» porque España «non lo vol pas»?

En ese ambiente, se educa el niño Francisco, que entra en contacto con los carmelitas y, a través de ellos, descubre lo que es la «subida al Carmelo» como enseñara San Juan de la Cruz y la «morada interior» que desvelara Santa Teresa de Jesús. Cuando, a los 17 años, desvela su vocación, quienes le rodean sienten el impulso de superar las deficiencias económicas para enviarle al Seminario. Pero allí descubre que su vocación le lleva a ese otro camino, el del Carmelo, tan extendido. Y un día decide irse a Barcelona para ingresar en la Orden. Sin embargo, se trata de una coyuntura difícil, la de la muerte de Fernando VII. Y así apreciamos la exactitud del pensamiento de Ortega: yo y mis circunstancias. El abandono del Seminario por la clausura no gustó a los que entonces tenían la gestión del obispado. Sin embargo, tampoco podían dudar de que se trataba de subir un escalón en ese camino espiritual que constituye la vena cardinal del cristianismo. No lo entendieron así los liberales que, defendiendo a Isabel II, se enfrentaron a los partidarios de Carlos, que eran muy numerosos en regiones como Cataluña, que no eran partidarias del centralismo excesivo que preconizaba el nuevo régimen. Hubo matanzas y persecuciones y se cerraron monasterios y conventos, confiscándose sus propiedades, de modo que Palau y sus hermanos de religión fueron expulsados de su convento y tratados como enemigos del régimen.

Para los liberales, las Órdenes religiosas eran un estorbo y debían ser suprimidas. Francisco, diácono, hubo de volver a sus estudios para ser ordenado sacerdote en 1836 por el obispo de Barbastro. De nuevo el infortunio se ceba en él. La parroquia a la que fue asignado se encontraba dentro del territorio que dominaban los carlistas de modo que cuando estos fueron vencidos, en 1840, él tuvo que exiliarse en Francia durante once años. Años amargos, pero al mismo tiempo luminosos: hacía menos de veinte años que Luisa María de Jaricot creara la Congregación De Propaganda FIDE, abriendo el camino a una nueva forma y contenido de la evangelización. Hasta entonces, la inserción de la doctrina cristiana en los países que estaban siendo incorporados o relacionados con las monarquías católicas había sido delegada en las autoridades monárquicas. Pero ahora ni existía el Antiguo Régimen ni se conservaba el vasto imperio que españoles y portugueses formaran. El Papa decidió dar el paso decisivo adelante encargándose el Vaticano directamente de la tarea. Éste es el principio que de Francia trae Francisco Palau y que, en medio de tremendas dificultades, porque la persecución religiosa retornaba tras cada cambio político, llevará a cabo: la Orden Tercera de las Carmelitas Misioneras. Es como si se hubiera escogido un pequeño rincón, Ibiza, adonde el fundador fuera enviado contra su voluntad, para arrojar la piedra de molino en ese pozo cuyas ondas se amplían hasta cubrir el mundo. La fecha final de la existencia de este monje retornado al Carmelo coincide con el Concilio Vaticano I. En medio de las dificultades, se estaba abriendo para la Iglesia un nuevo horizonte. A la larga, la destrucción de los Estados pontificados se revelaría como un gran beneficio para ella.
Los datos aquí recogidos son imprescindibles para comprender una de las aportaciones más decisivas a la cultura europea en sus raíces cristianas, en este caso las Carmelitas Misioneras fundadas por Palau. Él sabía muy bien que las misiones estaban asentadas sobre tres fundamentos que iban a permitir al catolicismo salir de los daños que pretendían inferírsele y alcanzar esa cifra de los mil quinientos millones de fieles que posee ahora. El primer fundamento novedoso se refiere a la sangre. No hay diferencias, ni siquiera en el orden cualitativo entre unos seres humanos y otros: todos son personas, criaturas de Dios y deben reconocerse en ellos los derechos naturales. A las mujeres igual que a los hombres, huyendo de la terrible trampa en que el extremismo islamista ha caído.
El segundo es la educación. Entiéndase bien: no se trata únicamente de instruir, sino de formar, ya que el secreto esencial de la existencia es amar al prójimo, no limitándose a tolerar sus errores y defectos, sino, como a uno mismo, tratando de sacarlo de ellos. Esa formación reclama que la Iglesia adquiera dimensiones adecuadas a cada tiempo y a cada lugar. Ahora, tras dos siglos de esfuerzos, los comprobamos.
El tercero es la salud: llevar a los pueblos remotos los medios de que dispone la medicina moderna. Sólo edificando el futuro sobre estos fundamentos podremos llegar a construir el edificio de un nuevo humanismo que permita superar daños y errores que se han cometido en abundancia. En silencio, la Congregación de las Carmelitas Misioneras se ha ido extendiendo. Hoy las hallamos extendidas por treinta y nueve naciones de los cinco continentes. Así se hacen realidad aquellas promesas evangélicas que sin duda parecieron al principio un tanto sorprendentes. Todos los pueblos de la tierra están en condiciones de experimentar esa alegría del alma cuando cruzan los umbrales de Jerusalén, sabiendo que allí, también en profunda humildad y silencio, comenzó todo.

lunes, 24 de enero de 2011

CARTA ABIERTA AL BEATO FRANCISCO PALAU, por Concepción Sureda


Muy apreciado Padre Francisco:

Envuelta por un silencio de cueva agreste –silencio que tanto buscaste a lo largo de tu vida para serenarte y captar la voluntad de Dios–, siento esta vez la necesidad de utilizar un medio de comunicación popular y público, para hacerte llegar lo que sólo es una simple reflexión sobre tu mensaje carismático y que a la vez pueda estar al alcance de todos.

Ya metidos dentro de la celebración del bicentenario de tu nacimiento, creo que no estará de más revisar si tu pasión de “vivir y morir al servicio de tu Amada, la Iglesia”, tiene sentido y validez en nuestro siglo XXI.

Te supongo al corriente de todos nuestros numerosos y humanos tropiezos. Lo cierto es que tu Amada, al menor descuido suele ser tema de comentarios y tertulias en cualquier medio de comunicación, aireándose los hechos ocurridos reales y a veces también muy distorsionados. Por suerte, entre las denuncias y acusaciones de unos y la defensa encarnizada de otros, surgen las voces equilibradas de los que, con valentía, afrontan la verdad, llegando al meollo del problema y ponen nombre a cada situación, con el propósito firme de remediar los males ocasionados por los mismos que se dicen hijos de la Iglesia.

Pero , sinceramente, no es ésta la cuestión que me motiva la carta, sino el constatar que ya iniciado el siglo XXI, aún son muchísimos los que con cierta ignorancia o, quizás mejor dicho, inexperiencia del misterio eclesial, a pesar de tan buenos libros y artículos como se han llegado a escribir y hablar sobre el tema, siguen olvidando y del todo ajenos, al hecho de que “una parte no es el todo”, y en sus opiniones claman siempre cargando sobre el colectivo de la Iglesia, lo que solamente pude ser problema de una minoría.

No deja de ser curioso comprobar como todo el mundo sabe y entiende que un club, supongamos de fútbol, no consiste solamente en su presidente, ni los técnicos o un jugador por más galáctico que sea. Hay algo más que provoca que un conjunto de personas se sientan convocadas. Es un espíritu de pertenencia a un pueblo, país o grupo que se identifica con los colores de su equipo al que defienden a las verdes y maduras, aceptando las normas y compromisos de socios. Y en general, los descuidos i errores de uno, no se las carga todo el personal.

¿Tu crees que llegará un día en que se habrá profundizado lo suficiente sobre el misterio de tu querida y nuestra Amada Iglesia, para intuir su Espíritu, su historia y su realidad? Tu sí que captaste claramente su esencia: “Mi Amada son Dios y los prójimos. Dios con el prójimo y el prójimo en Dios forman un cuerpo moral perfecto y este Cuerpo es la Iglesia”.

Te imagino en el interior de la cueva de Es Vedrà (Ibiza), después de aquel noviembre de 1860, saboreando en “soledad sonora” el don que se te había otorgado mientras predicabas en la Catedral de Ciudadela (Menorca) : Experimentar el misterio de tu Amada: “Yo soy Dios formando un cuerpo moral con el prójimo, unidos a Cristo su Cabeza el gran cuerpo moral de su Iglesia, unificada por el Espíritu Santo”.

Este conocimiento vivencial provocó un giro en tu vida, clarificándola y provocando un nuevo enfoque en tu misión y de una manera especial la fundacional.

Con la descripción y definición de esta experiencia mística te adelantaste 104 años a la que después el Concilio Vaticano II nos dejó bellamente explicitada en la Constitución “Lumen Gentium”: Iglesia, Pueblo de Dios, formando un Cuerpo Místico con Cristo su Cabeza..

Bien sabemos que hay una gran diferencia entre memorizar la definición a experimentarla.

Yo te pediría que nos echaras una mano para que esta distancia se hiciera cada vez más corta, con la ayuda de Dios, sin duda. De manera que los que nos sentimos implicados como Pueblo de Dios, seamos más conscientes de nuestra responsabilidad de ser parte de un Cuerpo y sea cual sea nuestro lugar en el mismo, sepamos actuar fielmente ya que cualquier desacierto repercute inexorablemente en el conjunto. Y lejos de de todo pesimismo supiéramos valorar la santidad que se nos comunica por parte de los que se esfuerzan en seguir el Evangelio. Y que son multitud.

Y para todos aquellos que se sienten ajenos no iría mal un poco más de luz para que no se las den de enterados en la materia y opinen sobre aquello que ignoran cayendo en la trampa de cargar a toda la Iglesia lo que es solamente deficiencia o error de una parte, por más grave que pueda ser la desviación.

Acabo convencida de que hoy nos es necesaria más que nunca una buena concienciación del misterio eclesial, y eso a todos los niveles de este amado Pueblo de Dios. Es preciso para empezar correctamente, poner nuestra mirada en Cristo nuestra Cabeza, y unificados por el Espíritu nos será posible renovar esquemas y organismos, de manera que nos permitan avanzar más ágiles por las rutas de la nueva evangelización, liberándonos de todo lo que nos impide estar al lado de aquellos que más nos necesitan.

“La Iglesia, mi Amada, es Dios y los prójimos”. Entender esto, clarifica el alma y da un nuevo enfoque a la vida para ir, como tu solías decir tantas veces, “allí donde la Gloria de Dios me llame”

Francisco Palau, tu experiencia de Iglesia es de actualidad. Necesitamos vivenciarla de modo que nos ponga al servicio de Dios y el prójimo. Éste fue siempre tu afán y tu pasión. Y este también es nuestro deseo.

Cordialmente

Conxa Sureda i Gomis C.M.